Desde pequeño me ha gustado el mundo de la foto y el video. También me gusta la música,
mucho. Cuando escucho música, siempre pienso en las imágenes que podrían acompañar a
la canción que estoy escuchando.
También tengo, desde hace mucho tiempo, obsesión por grabar y fotografiar todo. Grabo
todo lo que se me pone por delante, por muy inútil que pueda resultar; pero me gusta
grabarlo. Aun no sabiendo el uso que le podré dar.
Obviamente, también me gusta grabar momentos relevantes para mí. A menudo me suele
pasar que cuando este tipo de acontecimientos tienen lugar, estoy más preocupado por
grabarlos que por vivirlos. Aunque de esto me suelo dar cuenta nada más parar de grabar.
Ese momento queda registrado en la memoria de mi móvil o de mi cámara y siento que no
he terminado de disfrutarlo del todo. Pero sé que está ahí, en la memoria. Otra cosa es
cuánto tiempo pasará hasta que sea capaz de valorarlo.
Volviendo al punto inicial, desde muy joven, cuando me regalaron la primera videocámara,
cualquier oportunidad me parecía buena para grabar y después montar un video. Uno de
mis pasatiempos favoritos era montar videos con el Movie Maker. Así, con 12 años grabé la
boda de mi prima y al día siguiente mi prima ya tenía el video de su boda montado.
Hubo un momento en el que sentí que esa etapa del Movie Maker y de aquella cámara azul
había dado ya mucho de sí, y fue entonces cuando aparté ese hobbie a un lado.
Mi segunda cámara de video es la que ha venido conmigo a la mayoría de viajes y
excursiones del colegio, como París o Londres. Ahora, ver aquellos videos, me hace ilusión,
pero también siento una especie de pena o nostalgia al pensar si viví los momentos más a
través de la pantalla de la cámara que de la realidad.
Por aquel entonces los teléfonos móviles comenzaban a tener unas cámaras de video más
o menos aceptables, que te servían para grabar cualquier chorrada que algún amigo tuyo
se atreviera a hacer. Es la época que mis amigos recuerdan como la época de “César
graba”. Mis amigos me recuerdan que en aquel tiempo yo me libraba de hacer cualquier
gamberrada a cambio de que grabara la escena. Algunos no se resignaban, otros ya lo
tenían más que asumido, pero al final, todos terminaban cediendo, creo yo, porque les
hacía ilusión que la escena quedara registrada.
De todos aquellos clips que grabé durante esos veranos, se habrán perdido más de la
mitad: algunos andarán perdidos por el ordenador, otros por el disco duro, otros por las
tarjetas de memoria de los móviles, y otros, simplemente se habrán ido perdiendo a causa
del formateo del ordenador o de las tarjetas. Normalmente, a estos videos no les concedes
importancia alguna mientras los tienes más o menos localizados. Sin embargo, comienzan
a adquirirla, una vez que van pasando los años.
Y dentro de unos años, me gustaría que todas aquellas personas que alguna vez grabé, nos
sentáramos delante de una televisión, y recordáramos aquellos momentos que años atrás
fueron grabados. En ese momento, quizás, pueda tener sentido el sacrificio que hice
entonces, en el que cambié fugacidad por pervivencia.
Y así es, más o menos, como he llagado a donde estoy. En tercero de comunicación
audiovisual, escribiendo este relato, para un corto en el que tengo que explicar por qué
estoy donde estoy, estudiando comunicación audiovisual.
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